martes, 7 de abril de 2009

Claveles en tú día..

Yo era una niña muy pequeña cuando lo vi por primera vez. Hoy deberíamos estar celebrando su cumpleaños: una buena comida en casa de mi abuelita, todos los tíos y sobrinos a su alrededor. O, en su defecto, debimos celebrarlo junto con el cumpleaños de la tía Lorena. En cambio, todos le hablaron al tío Luis de lo maravilloso que era en vida, de los espléndidas que eran sus pláticas, de lo cálidos que eran sus abrazos, de lo maravillosas que eran las fiestas de cumpleaños con él.

Como dije, yo era muy pequeña. No sabía siquiera qué era una lunnä o un ser humano, pero él parecía que sí. Me cuidaba mientras mis papás trabajaban a tal grado que empecé a llamarle "papá". Me enseñó las cosas de mi niñez que recuerdo con más cariño: a escuchar el ritmo de la lluvia, a cantar como desquiciada mientras salto sobre la cama, a verme al espejo y quererme completita, a ver en la regadera del baño un escenario para un concierto (en ese entonces era de Lucerito: Veleeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeeta, no sabes a dónde vas. No entiendes lo que es amor), a leer la edad de los árboles, a pintar cuadros cuyas figuras están delimitadas por cordón negro, a dar de comer a los peces mutantes y a los patos del lago de Chapultepec, a observar el cielo sin importar la hora del día o la prisa que llevemos, a esperar con ansias el siguiente viaje a Cuernava, a disfrutar la vida sin importar qué no esté pasando, a llorar sin que nos dé pena, pero sin abusar de las lágrimas, a mirar fijamente a los ojos cuando se expresa algo del corazón, a jugar con el migajón del pan, a que dibujar con gises en el suelo siempre está permitido ("se quita con agua, no dejes que te regañen"), a que dormir abrazada de algo no es malo (mi primo me decía que sí), a que las historias de mi tía Rocío son de a mentis (me daban mucho miedo), a sentir el pasto con los pies, a querer aprender todo momento, sin que importe mi edad, o condición de loquesea; a aceptar a mi familia, a que la canción de los elefantes (cien elefAntes se columpIAban, sobre la tela de una araaaaaaña...) tiene ida y vuelta (como veían que no resistía, mejor se bajó un elefaaaaante), que debe existir el equilibrio en nosotros y los elementos de la naturaleza, que El Rey León es más que otra película de Disney, que a las niñas se les regalan flores, y a los niños... también, pues la naturaleza no tiene restricciones al respecto, que sonreír diario debe estar en nuestro calendario, pues la vida se disfruta más... Conocí cuentos, historias de varias noches, caricaturas muy graciosas, canciones que no olvido, la sidra en el Año Nuevo, mi querido Cuernava... Tantas cosas...

Él ha conseguido el único payaso que no me ha dado miedo (me enteré que él lo había contratado años después, mientras veíamos fotos), para mi fiesta de seis años... Más recuerdos...

Un día se enfermó. Lo operaron más de una vez, estuvo mucho tiempo en el hospital. A mí me llevaban cuando él no estaba tan mal. Recuerdo que le conté un chiste en una de esas visitas:

-Mamá, mamá, ¿me puedo echar una marometa en el jardín?
-No, mi'jita, se te ven los chones.
Cinco minutos después...

-Mamá, mamá, ¿me puedo echar una marometa en el jardín?
-No, mi'jita, se te ven los chones.
Cinco minutos después...

-Mamá, mamá, ya me eché la marometa en el jardín.
-¿Y se te vieron los chones?
-No, porque me los quité...

Reímos muchísimo esa vez... Cuando por fin salió del hospital, me puse inmensamente feliz. No sabía yo que era por estar ya en las últimas. Comíamos caldo de pollo juntos. Yo no quería comer helados hasta que él los pudiera comer conmigo.

Un día se me hizo raro faltar a la escuela sin estar enferma y, además, quedarme con la vecina de más confianza... A medio día salimos de la casa y pasamos a comprar unas flores. Yo las elegí porque sabía cuáles eran sus preferidas. Compré claveles, porque ésas me daba él.

Llegamos a un lugar que no recuerdo muy bien por fuera, pero, por dentro, el pasillo era amarillo y había banquitas como de jardín popis con plantitas, acomodadas de modo perpendicular a la dirección del pasillo. Mi primo, Chris, estaba sentado en una de ellas.

Llegamos a una puerta. Entramos sin saludar. A la primera persona que vi fue a mi mamá y me dijo que se había quedado dormido y que ya no iba a despertar, pero que estaba bien. Yo entendía lo que me quería decir. Ella quería decirme que había muerto. Me acerqué a dejar los claveles de colores. Eran mis flores las más llenas de vida...

Al final, verlo vestido con ese traje de madera: cuadrado, frío, solemne; me hizo llorar semanas enteras. Me hizo querer irme con él, soñar que me invitaba a reunirnos. Lo observaba, dormidito, con una última sonrisa dibujada, descansando, tranquilo, sin dolor, sin enfermedad, pero yo no podía dejar de llorar. Me sacaron de inmediato de ese lugar y seguí llorando abrazada de Chris. Entendía lo que me habían dicho, lo que había visto, pero no quería, sentía que no tenía porqué. Él no debía separarse de mí aún, ¿quién bailaría conmigo el vals de XV años? Yo tenía apenas seis, ¿por qué era yo tan chiquita? ¿Cómo no crecí antes para que bailara conmigo?

Y así fue... Volví a llorar el día en que no pude llamarlo más a mi memoria sin tener que ver una foto suya... Volví a llorar hoy por él, porque aún lo extraño. Quisiera decirle que estudio lo que más amo y que encontré a alguien que me cuida y me ama. Quisiera celebrar este día. Echarle una llamada o ir hasta su casa a darle un abrazote, con un pastel y helado del carrito de la esquina del mercado, llevármelo a Chapultepec a pasear un rato, a seguir aprendiendo de su bondad, de su forma tan particular de ser humano...

Sí, te extraño, a veces más de lo que debo. Sé que estás mejor que aquí, pero, no puedo evitarlo en ocasiones... Te amo, porque hiciste de mí una "buena niña", de esas que luchan por lo que quieren y no olvidan sus sueños ni la búsqueda de su equilibrio...

Feliz cumpleaños, abuelito... Te amo


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